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Capitulo5: La Marcha de los peregrinos

-…pero sé bienvenida, diosa prudente y sacra, La más divina, tú, Melancolía,
Cuyo rostro de santa con exceso fulgura
Para la vista humana,
Y a la flaca mirada se nos brinda
Cubierto con el negro tinte de la Prudencia…-
Recitaba a media voz Tristán la obra Il Pensoroso traducida de Milton, uno de sus poetas preferidos, para romper la tensión asfixiante del silencio mientras caminaba en medio de la nieve sin rumbo ni orientación. Era una sombra titilante en medio del desierto blanco en que se había convertido la estepa nevada. No podría recordar cuánto tiempo llevaba caminando ni dónde se encontraba, evitando consultar su viejo reloj de cadena, solo sabía que el cielo había permanecido encapotado sin que tuviese la necesidad de ocultarse y que la nieve iba devorando implacable el paisaje con jirones albos y gélidos que habrían matado a cualquiera que no hubiese sentido ya el frío de la muerte en sí mismo. ¿Por qué caminaba y no tomaba un avión o un tren para abandonar el país? Simplemente porque no conocía el idioma ni las costumbres y sin Dennis a su lado estaba literalmente perdido en una época que no comprendía, además, no podía negarlo, siendo un romántico apasionado consideraba que una marcha a pie era lo más adecuado para su viaje.
Llevaba todo el trayecto sin cazar criatura alguna, en un ayuno consciente. Para Tristán su búsqueda tenía el carácter de un peregrinaje en busca del templo profano donde residían sus pasiones: aquella Ilusionista encantada a quien le debía la no vida y la no muerte. No dejaba de pensar en ella, por todo el tiempo en que había rehuido a su imagen; sus sentimientos seguían siendo un caos que ya no se preocupaba por analizar, amor y odio, admiración y desprecio, adoración a la madre y a la mujer, porque ella en una noche había destruido un mundo y a la vez su seno mágico había creado otro, mas era uno tan complejo que en su orfandad Tristán necesitaba volver a ella para aprender a vivirlo. Alucinaba con el momento de verla y postrarse a sus pies como quien se halla frente a una deidad, para venerarla y preguntarle entre gritos todo lo que no comprendía, vengarse, besarla y beber de su boca la vida que ella había tomado de su cuello. Acariciaba su cicatriz, dos puntos rojos en la blancura del cuello tan ínfimos como su propia presencia en la extensión nevada.
Iba a ciegas este peregrino frenético que hacía de la locura una estrella guía en el firmamento. No tenía la menor idea de cómo hallar a la vampira, tampoco poseía alguna información sobre ella más que el incierto nombre que le diera Margarita. Se detuvo un instante, Margarita, la encantadora extraña, y Dennis, su camarada de un siglo, su amigo y apoyo, cómo los extrañaba; miró hacia atrás como si fuera a encontrarlos, a sabiendas que solo le precedía el vacío burlesco sin rastro alguno de su reciente paso. La soledad caminaba a su lado, una dama más fría que la nieve, no le era desconocida, mas no por ello menos despiadada, era un dolor agudo al que le sonrió como el penitente a su purga, pues comprendía que constituía una parte necesaria del proceso que comenzaba a enfrentar: la búsqueda de su destino.
Comenzaba de cero en el lugar más idóneo, en el rostro mismo de la Nada, proyectada en su alma o viceversa. En la blancura de la nieve fue perdiendo paulatinamente el sentido de la realidad hasta que no supo qué parte de lo que ocurría a su alrededor provenía de su propio mundo interior que rompía sus fronteras y se derramada en ese plano. El silencio lo agobiaba, nunca le había gustado, porque era como un insistente espectro que parecía esperar algo que él desconocía, trataba de capearlo con poemas y diálogos de obras teatrales, monólogos improvisados, versos de su propia autoría que nacían y morían en el olvido como los suaves copos que seguían dejándose caer suavemente. El frío era otro problema, pues no lo sentía tanto en el cuerpo, helado ya por su naturaleza, como en el alma misma que congelaba una a una sus emociones hasta adormecerlas dejando solo la ardiente imagen inmortalizada de su Ilusionista amada, gobernando su mente sin saber, convirtiéndolo en un vagabundo de pasos lentos con un solo deseo en los ojos reflejando el vacío.
Su siguiente compañía fue la locura, aunque siempre pensó que ésta venía ya a su lado desde el comienzo de su andar, y su sequito de delicados delirios sobre fantasmas del pasado que danzaban a su alrededor reviviendo escenas que creía olvidadas. Su infancia solitaria, su esplendor artístico, su nuevo nacimiento con la respectiva “infancia” en que tuvo que aprender otra vez a sobrevivir, Dennis, su amigo Dennis, su despedida. Recordó el motivo real de su partida, no eran celos de amigo como había pensado en un principio al poco notar de las contantes desapariciones de su compañero; era la envidia, tímida, infantil (Den tenía razón, seguía siendo un niño en el interior), Dennis estaba tan cerca de su sueño y él tan lejos, Dennis superaría las heridas de la no vida y él todavía no terminaba de entenderse a sí mismo. Lo estimaba, realmente lo estimaba y por eso se alejaba, para demostrarle que era capaz.
Las ideas en su mente iban tomando sentido y perdiéndolo simultáneamente. Su travesía de romero le había otorgado ya un beneficio, tenía la oportunidad de verse a sí mismo, por primera vez, sin las máscaras de las apariencias ni los complejos o temores de la vida; estaba solo y no podría huir de su propia voz, que comenzaba a echarle en cara todos los agravios cometidos desde su transformación
-Siempre es lo mismo Tristán, desperdicias tu tiempo- se dijo a sí mismo en voz alta
-¿Por qué?- se respondió a sí mismo a la defensiva
-¿No podrías ser más simpático? Siempre lamentándote, siempre necesitando que alguien más te oriente, que te digan que todo va bien ¡Por Dios, estás en la cima de la cadena alimenticia! ¡Superaste a tu especie original!...
-¡Pero a veces somos como… monstruos!...
-¿Y qué tiene eso de malo? Los monstruos inspiran grandes historias, esta es una época que necesita de monstruos que pongan a los humanos en su lugar…
-Hablas de los humanos como si fueran algo ajeno…
-“Cena”. Tú mismo te refieres a ellos así ¿O lo haces para ocultar que después de dos siglos sigues temiéndote a ti mismo? Ya no eres humano, asúmelo…
-Soy un humano no muerto. Eso es el vampirismo…
-¿No aprendiste nada de Dennis? La vida no es una condición biológica, es un estado espiritual. Eres un vampiro, una forma superior de vida, un depredador ¡Disfrútalo!...
-¿Forma superior? Huyendo de la luz, insertos y tratando de mezclarnos en la sociedad de la cual supuestamente renegamos…
-Otra vez, Tristán ¿No puedes dejar de sufrir? Me caes mejor cuando eres un cazador sanguinario ¿Quieres sentirte víctima? ¡Yo te victimizaré!...
-¿Qué?...
-Deseas sangre, llevas mucho tiempo sin alimentarte, quieres matar a alguien, quien sea y estás irritado así que destrozarás el cuerpo solo para descargarte. Eso eres, Tristán, una criatura violenta, una criatura devoradora de vidas. Que lance la primera piedra el que nunca hizo daño a alguien. Aunque lo extrañes, los hombres suelen ser más despreciables que los vampiros, te consta, te aterra el presente…
-Los vampiros son fríos y sinceros, sigilosos pero valientes. Soy un vampiro…
-Muy bien, niñito, eres un vampiro, ¡grítalo!…
-Vampiro… Vampiro… Vampiro… Vampiro…
-Vampiro… Vampiro… Vampiro… Vampiro…
Tristán comenzó a correr como un maniático por la nieve, casi sin pisar el suelo, sumido en un trance fantástico (o fanático?). En el vacío de la estepa solo se oían los ecos frenéticos de su voz por entre los silbidos de la tormenta. Corrió dejando atrás aquellas ramas que seguían enredadas a su corazón con cuitas que arrastraba desde su infancia, no sentía nada más que la fuerza de su espíritu abriéndose paso con furor incontenible, tanto que pensaba que si llegada a detenerse la nieve a sus pies se derretiría o tal vez incluso haría salir el sol. Se sentía extremadamente, gloriosamente libre y poderoso, como no lo experimentaba desde la noche de amor con la Ilusionista, con la diferencia primordial de que en este momento no necesitaba de nadie, pues en sí mismo fluía la potestad eterna, la embriagante sensación de ser capaz de llevar las riendas de su existencia hacia las mismas estrellas.
-Vampiro… Vampiro… Vampiro…
Quizá fue parecer suyo, pero sintió un golpeteo en el pecho y sintió que su corazón volvía a latir, de un modo distinto, más lento y sabio, con más vigor y belleza. Siguió corriendo como un poseído, o más bien como un liberado, de aquél modo sublime que solo los que han vivido tal catarsis podrían comprender.
Corrió, corrió, gritó, gritó. En medio de su éxtasis, pasó sobre un lago congelado sin darse cuenta, quebrando la delgada capa de hielo bajo el peso de su cuerpo. De haberlo querido pudo haber saltado antes de caer en las álgidas aguas, pero por alguna razón se quedó ahí, hundiéndose lentamente, naufrago excéntrico, con una sonrisa dulce, como si estuviese siendo arrullado por una madre o un calentador eléctrico. Mientras el agua cubría los contornos de su rostro cianótico, con los labios escarchados y violáceos murmuró
-… Vampiro, sí, un vampiro llorón
Y las aguas lo cubrieron. Tristán se fue hacia el fondo sereno, como una pluma cayendo ligera desde el firmamento, con los pliegues de su abrigo flotando en ondas etéreas a su lado. Se sintió parte del ambiente, se dejó llevar en la inusitada paz… hasta que solo hubo olvido, paz y olvido.
El tiempo y la nieve continuaron sus misiones inexpugnables, nadie se enteró en aquella explanada de Nada, de todo lo ocurrido a Tristán.

Una suave molestia en las costillas lo despertó, una punzada insistente. Sin abrir los ojos buscó el objeto golpeador y sujetó con firmeza el tobillo de la pierna que lo pateaba
-Déjate de joder
Musitó sonriente, sabiendo la respuesta que vendría
-¿Qué fue lo que te pasó, niñito? Te dejo por tres semanas y te vengo a encontrar en el fondo de un lago
-No tengo la menor idea… mentira, lo recuerdo bien, pero no puedo describírtelo
- ¿De qué sirve un amigo medio-poeta-frustrado si no encuentra palabras? Hahaha…
Dennis rió con el mismo cascabeleo encantador que le había caracterizado durante sus siglos de existencia. Tristán lo secundó, pero su voz sonaba algo temblorosa, supuso que su piel aun no se descongelaba del todo. Rápidamente se sentó sobre la nieve y se encontró con los ojos castaños de su amigo
-¿Qué haces aquí? oh, espera… - se interrumpió mirando alrededor angustiado- Mierda, pensé que había avanzado más, ¿aun no dejo Rusia?
-Estamos en Finlandia.
-¿Y qué haces aquí?
-Vinimos por ti, supusimos que estarías metiéndote en problemas ¿y qué crees? Teníamos razón, estabas en el fondo de un lago. Claro que tomamos un avión, como seres civilizados
-¿Margarita también viene?
-Sí, está en el hotel, en Hamina. Te extraña, o eso creo… es tan rara
-¿Cómo supiste donde encontrarme?
-Es una larga historia- rió Dennis- gracias a una Prostituta boxeadora
-Qué demonios… bueno, vámonos de aquí. Apenas veas un ser bípedo me avisas, agonizo de sed
-No faltaba más
Tristán se incorporó desperezándose escandalosamente. Su ropa seguía empapada, pero no le molestaba, de frío no moriría. Se notaba de buen ánimo y de algún extraño modo, más relajado de lo que nunca se había mostrado. Miró largamente a Dennis, complacido, se alegraba de tenerlo cerca otra vez, entonces se dio cuenta de un detalle que había pasado por alto
-¿Y la corredora rusa de autos?
El bello rostro de Dennis hizo un mohín casi imperceptible, luego se encogió de hombros sin perder la sonrisa
-Murió
-Oh…
-Es el triste destino de los humanos
Concluyó Dennis adelantándose para indicarle a su amigo que lo siguiera. Claro que había más en aquella historia, Tristán también lo notaba, la transfiguración del peregrinaje no lo alcanzaba solo a él, pero prefirió respetar el silencio de su compañero.

Mientras caminaban tranquilamente (a una velocidad sobrehumana, pero para ellos dentro de lo normal), Dennis fue recordando los sucesos posteriores a la partida de Tristán. La noche no había sido inolvidable, ella había ganado la carrera y él no pudo cobrar el beso ni su bufanda, mas de todos modos y sin saber exactamente cómo, se halló con ella y sus amigos, todos bebiendo la cerveza que él había invitado tras perder la apuesta. La corredora, por supuesto, se había embriagado tal y como lo hacía cada vez que ganaba sus carreras y antes de decirle que él era el elegido de la noche para dejarla en su departamento le dijo algo extrañada y entre balbuceos de borracha
- Nunca… había visto un… hombre que be… bebiera tanto… y no estuviera si quiera… un poco ebrio – Dennis solo respondió con una sonrisa misteriosa, tal vez algo oscura.
Ya en el departamento de la mujer, el vampiro la había dejado acostada eludiendo cada insinuación, porque si algo habría de suceder entre ellos, en una prueba de la sinceridad de sus sentimientos deseaba que ella lo recordara con total lucidez. Sin embargo, contra sus planes iniciales, antes de salir, se detuvo bajo el umbral de la puerta y algo dudoso preguntó su nombre para recordarla desde entonces no como la corredora, sino como Larisa. Una palabra que flotaría en su mente con la delicadeza de un bálsamo exquisito y embriagante.
En vista de que aún quedaban dos horas para el amanecer decidió volver a casa con Margarita. Se fue a paso lento, por primera vez en mucho tiempo se había puesto a reflexionar cuidadosamente lo que haría, pensando en ella como un adolescente enamorado; le hablaba y ella suscitaba aún mas fascinación que antes. Si bien la noche no le había dejado más que su nombre, seguía preguntándose el por qué ella causaba ese interés tan profundo, no había concluido mucho al respecto, pero en las casi dos horas que demoró en llegar había pensado lo suficiente como para decidir lo que debía hacer, por doloroso que fuere. Entró en la casa y vio a Margarita en el televisor como siempre.
- Margarita – Ella levantó la vista extraviada como siempre – asegúrate de beber suficiente sangre mañana y llegar temprano. Saldremos a buscar a un niñito
Quizás debido a la inusitada expresión en el rostro de Dennis Margarita, contra lo usual, lo recordó muy bien la noche siguiente.
Cuando la hora esperada llegó, apenas el Sol concluía su marcha somnolienta, Dennis salió. Su destino: el departamento de Larisa, sabía que estaría allí, tocó firmemente la puerta hasta que ésta se abrió y él entró en absoluto silencio. Las cosas se iban dando como en cámara lenta, con la trascendencia correspondiente. Tomó dos Kunstmann, entregándole una a ella y vaciando la suya sin pausas. Larisa estaba sentada en la cama viéndolo con una fascinación que tampoco podía explicarse e iluminaba maravillosamente sus ojos.
-Esta será la última vez que nos veamos, así que antes te dejaré un secreto. Seguro que no me creerás, lo cual no me importa demasiado, pero te lo demostraré para que no te quedes con una imagen barata de mí- había dicho Dennis a la desconcertada mujer- Soy un vampiro
Tras decirlo le mostró en una triste sonrisa los filos mortales de sus colmillos para luego besar sus labios brevemente, no quiso verla a los ojos. Intentó marcharse, pero le detuvo la delicada mano posada en su hombre con fuerza, cuando volteó, vio en sus ojos lo que para él era indescriptible.
-Conviérteme- Allí lo supo, recordó la noche anterior, recordó sus palabras, ya nada le era nebuloso, se angustió con un pesar antiguo que creía olvidado. Ella lo había visto en la fiesta de año nuevo, pero no lo supo hasta ese instante; preguntó a sabiendas la respuesta.
-Eres joven y bella, ¿Por qué quieres ser un vampiro?
-¿Me vas a convertir o no?
Aquello que sea lo que escriba los extraños renglones del destino a veces tiene sus intervenciones triunfales, llamarlo coincidencia o milagro es algo que depende de cada cual, hoy solo he de decir que éste hizo su aparición oportuna dándole a Dennis un corto de luz que dejó la habitación a oscuras por las gruesas cortinas. Quitó su máscara por primera vez y lloró para sí, vaciaba sus lágrimas en silencio, en medio de la nada y del modo en que debía haberlo hecho hacia tantos siglos. Lo había comprendido todo, o al menos casi todo, si esa noche Larisa fue convertida o no aquella noche, quién lo sabe. Para nosotros solo queda la certeza de que esa noche Dennis salió del edificio con otra mirada ¿Más madura o más triste? Si al menos él lo supiera.
Avanzaba sin mirar atrás, como lo había hecho una lejana noche de carnaval, con la misma oscura seguridad de entonces. Si de algo se arrepentiría en su longeva existencia sería de no haber dicho también que la amaba del modo más puro que pudiese imaginarse, aunque quizá no se arrepienta y piense que lo mejor fue callar y convertir todo rastro de su presencia en una oscura leyenda. Quién sabe, en el caótico mundo de las pasiones nada está escrito y los vampiros pertenecen a ese mundo como los murciélagos a las cavernas.
Y ahora estaba allí, en Finlandia, todo lo demás se lo tragó la oscuridad de aquella ciudad.
Llegaron a la ciudad más rápido de lo que hubiera sido en una camioneta apta para la nieve. En el hotel Tristán pudo bañarse y cambiarse las ropas que llevaba por las de un muchacho que antes de llegar había chocado con él y lo había provocado con violentas palabras. Mala idea. Después de saludar afectuosamente a Margarita bajaron a celebrar en el bar que volvían a ser tres.

-¿Podría repetirme la orden, por favor?
Preguntó el mesero a Dennis, el único que hablaba finés, mientras Margarita hacía grullas de origami con las servilletas y Tristán miraba con ávida atención el esbelto cuello de la mujer de la mesa contigua.
Dennis respondió, sin que nadie notara la tenue amargura de su voz
-Un margarita para la dama y dos copas de vino para nosotros.

Capitulo 4: La Máscara Caída

-El invierno está particularmente jodido- dijo Dennis mirando por la ventana- Tendremos que quedarnos aquí un tiempo
-¿Por qué?-Terció Tristán con un dejo de mal humor- ¿Nos moriremos de frío? Creo que será un poco difícil dado que estamos biológicamente muertos. La nieve tampoco puede detenernos. Sigamos el viaje, quiero irme
-¿Y de qué te alimentarás en el camino, Tristón? ¿Con hielo? Las rutas están casi abandonadas, hay que quedarse
Tristán calló molesto y miró también el blanco paisaje que ofrecía la ventana. Junto a la chimenea encendida Margarita veía a uno y otro con expresión de niña asustada.
El nuevo milenio había llegado sin trompetas apocalípticas ni invasiones extraterrestres. Ya habían pasado cuatro noches con sus días conviviendo los tres y las cosas parecían ir bien con la presencia de la vampira, aunque en aquél preciso instante se percibía cierta ansiedad en el ambiente
-Tengo sed
-Todos tenemos sed, Margarita
-Cacemos
Dennis y Tristán se encogieron de hombros y accedieron a la propuesta, si en algo coincidían era en que más vale buscar sin encontrar que quedarse sentados lamentando la mala suerte.
Los vampiros salieron a la nieve caminando lentos e impertérritos en medio de las álgidas brisas como un trío de lobos esteparios, huraños, silenciosos, expectantes. Sus sombras oscuras contrastaban con la palidez espectral de la ciudad en esa noche solitaria. No se veían personas en las calles, apenas algunas ventanas tenuemente iluminadas y miserables contenedores de basura encendidos en los callejones donde los mendigos intentaban prolongar un poco sus frías agonías, pero los depredadores evitaban acercarse a ellos pues sus vidas eran tan frágiles que a veces la muerte llegaba a ellos antes que los filosos colmillos y entonces su sangre se volvía fatal para lo vampiros (ya que tienen prohibido alimentarse de cadáveres). Tan solo les quedaban dos opciones: los burdeles y bares donde jamás faltaban borrachos ni prostitutas encendiendo las teas del jolgorio, y las casas particulares, aunque estas implicaran el riesgo de crear sospechas, lo único peor que la escasez de comida sería la paranoia colectiva.
Se dividieron según sus hábitos normales. Ese acuerdo lo habían establecido como una forma de no entorpecerse mutuamente y desligarse de la responsabilidad de cuidar del otro. De este modo, cada uno se alejó por su lado, desapareciendo en la penumbra sin dejar más huella que las suaves marcas de sus pies en la nieve y el rumor fantasmagórico de sus abrigos.

Tristán regresó cuando su arcaico y milagrosamente bien conservado reloj de cadena le indicó que teóricamente el sol estaba a punto de salir, aunque por aquellos días el astro rey se mostraba enfermizo y caprichoso, asomándose levemente sin dar más que un mezquino calorcillo. En toda la noche el vampiro solo había bebido con rabia la sangre de un borracho que casi lo había orinado cuando él se hallaba de rodillas en el suelo buscando un botón que de todos modos no encontró. Por eso iba con un ánimo de mil diablos dispuesto a volcarlo contra lo primero que se le atravesara, pero cambió de parecer cuando se encontró con la tierna imagen de Margarita sonriéndole desde la escalinata de entrada. Lucía serena y casi inocente perdida entre lo pliegues del enorme abrigo que él mismo le había puesto antes de salir (propiedad de la ex dueña de casa) para no llamar la atención con el vestido verde que aun llevaba desde la fiesta. Conmovido correspondió a la amabilidad y entraron juntos.
De Dennis, ni señas. Al principio no le dieron importancia, se acomodaron en los sillones a dormitar. Sin embargo las horas pasaron y el sol se alzó cansinamente en el dormitorio sin que el vampiro se dejara ver.
Para hacer tiempo, Tristán comenzó a repasar con tinta las líneas de su retrato amado, pero se le notaba distraído. A ratos crispaba las manos, intranquilo, consternado. Margarita dormía, o eso aparentaba, por lo que al fin él se permitía liberar sus sentimientos de preocupación. Por un lado tenía confianza en que Dennis hubiese encontrado un refugio, era listo y no le faltaba experiencia, por otro, sabía lo descuidado y atrevido que podía ser. Pese a todos los esfuerzos por evitarlo, sentía gran afecto por su amigo, tan intenso como no lo había sentido por alguien desde sus días de actor, lo cual intuía que podía ser peligroso para seres como ellos. Había caído víctima de la costumbre, hasta el punto de sentir un miedo infantil a que su mundo cambiara otra vez sin preguntarle si estaba preparado para volver a enredarse en las vorágines despiadadas del tiempo y las circunstancias que lo van transformando todo. Sonrió para sus adentros, seguía siendo un niño, como solía decirle Dennis y al recordarlo, volvió el miedo, volvió la tristeza, volvió la soledad.
Las horas pasaban alimentando su nerviosismo, pensaba en los posibles hechos, todos fatídicos en su pesimista imaginación, en aquellos vampiros conocidos en el camino que habían quedado un amanecer convertidos en cenizas por mirar con sus ojos plagados de tinieblas el inmaculado rostro de la luz, en sí mismo en ausencia de Dennis… y alejaba aquellos siseos de víboras derrotistas sacudiendo la cabeza, pero éstos volvían como moscas sobre la carroña de su tristeza, y las horas pasaban lentas, demorando la noche benefactora.
Aunque no lo demostrara, también Margarita estaba apenada, tanto por la ausencia de uno como por la pronunciada angustia del otro y fingía dormir murmurando para sus adentros inmemoriales cánticos de consuelo.
Aquél fue un día largo en que las personas celebraron dejando sus casas ante el momentáneo cese de la nevada, hicieron visitas y compras, despejaron vías y suspiraron, mas en la solitaria casa burguesa, encerrados entre pesados cortinajes, dos vampiros sufrían un silencioso duelo por la presunta desgracia de su amigo y hermano de raza.

La noche llegó y siguieron esperando infructuosamente, estoicos, absortos, sin darse cuenta de cómo pasaba el tiempo resbalándose por las ventanas, mientras una oscura resignación comenzaba a extender sus raíces en sus agrietados corazones. Hasta que en la madrugada de la quinta noche, cuando ya no les quedaba nada de esa llama profunda y reconfortante que las personas suelen llamar esperanza; la puerta se abrió de súbito en un golpe de asombro a los presentes para mostrarles la figura siempre campante del muchacho rubio con sonrisa de carnaval eterno
-¿Quedan cervezas?- dijo Dennis sacudiendo la nieve del abrigo sobre la alfombra- Me mato por una cerveza ¿No hay? Ni modo, un vodka está bien…
La primera en reaccionar fue Margarita, abrazándolo emocionada para luego mirarlo con una exclamación atorada y el gesto confundido
-Dennis… me llamo Dennis
-¡Dennis!
Exclamó al fin la vampira al recordar su nombre y volvió a abrazarlo. Tristán se puso de pie, pero habló desde su lugar
-¡¿Dónde estabas, mierda?!
-Es que me quedé dormido. Bajo la nieve jeje
-¡Qué te…! ¡Dennis!
Dennis sonrió y le dio un fuerte coscorrón a su amigo, aunque éste era más alto que él. Comprendía que esa actitud era una seña de su íntimo alivio al verlo sano. No obstante, Tristán no estaba del todo tranquilo, pese a todas las emociones que se le venían encima de golpe, haciéndolo sentir casi vivo otra vez, ciento veinticinco años de estar junto a alguien te permite reconocer cuando está mintiendo (y no es que aquella mentira fuera de las mejores), aunque también te enseña a respetar sus silencios. Tristán guardó sus conjeturas y decidió esperar a que las cosas se develaran solas.
A la noche siguiente arremetieron otra vez a la cacería, como si aquél incidente jamás hubiese ocurrido. Sinceramente digo, estos tres vampiros tenían un inusitado don para olvidar o para mentirse a sí mismos. Sin embargo, Dennis volvía a incurrir en la gracia de desaparecerse por extensas jornadas, solo que ya nadie se preocupaba, tal vez intuyendo que algo ocultaba o simplemente cansados de gastar sus nervios en aquél desgraciado.

El invierno continuaba su azote despiadado, pero no todos tendían a refugiarse en sus frazadas eléctricas entre muros de concreto como corresponde a la gente de bien. En las afueras de la ciudad, en las carreteras cubiertas de nieve, un grupo de conductores se gastaban las noches tentando al destino con peligrosas carreras clandestinas donde tan fácil era perder la vida como perder una llanta de su automóvil. Aquella noche, el segundo lugar fue obtenido por una corredora de gran talento y experiencia. La mujer estaba molesta por ello, aunque sabía que después de un par de tragos todo iría mejor. Volvió a montar su Ferrari TR 59 y se dirigió, como siempre a beber unas copas para pasar la derrota o celebrar los triunfos según fuera el caso. Era una mujer hermosa, de piel morena, apasionados ojos negros como chorlos gemelos, labios gruesos siempre dispuestos para una sonrisa, que en cada gesto dejaba entrever el fuego rebelde de su alma libre. Pertenecía a aquella minoría de personas que no se quejaba de su vida simplemente por el hecho de que ella llevaba el volante de la suyas y por tanto, se sentía siempre segura de sus actos.
Y allí estaba Dennis, quien cada noche seguía con avidez el curso de sus carreras, desde hace mucho que no veía tal despliegue de libertad, recordándole los tiempos antes de ser un vampiro, no lo entendía bien, pero ella le causaba una fascinación obsesiva. No obstante, no se atrevía a acercársele, no lo llamen cobarde, era solo un ingenuo temor a enamorarse, sus tan elaborados métodos de conquista no funcionarían con ella ¡cómo podrían! esa clase de mujer debe conocer cada artimaña, además de solo pensar en hablarle el cuerpo se le paralizaba, su mente se nublaba y parecía todo un idiota baboso, por muy difícil de creer que sea; así que es de suponer que él nunca se le acercaría. Ahora bien, como suele suceder con este tipo de personas, ella, tan caprichosa, había visto por primera vez a este simpático rubiecito y sucedió lo inimaginable, se acercó y luego de beberse el resto de cerveza de Dennis le miró concentrando toda la coquetería en sus ojos apasionados. En ese momento el universo desapareció, al joven amante ni siquiera le molestó que ella tomara su cerveza, le encantaba, en ese instante, y a pesar de sonar cliché, el tiempo se detuvo, o fue tan lento que el no se percató de su existencia, solo estaba ella y él, insignificante, admirándola. Ella comenzó a hablar y él no pudo escuchar, su cuerpo (como ya lo había predicho) estaba paralizado, no tenía ni la menor idea de lo que ella decía, no sabía si era importante, quizás alcanzó a oírlo, pero la mente le traicionó, pudo haberlo bloqueado, qué importa, él simplemente no tenía idea de cuales fueron sus palabras, estaba idiotizado, veía sus sensuales labios moverse y detenerse para sonreír o escuchar a Dennis, quién había comenzado a hablar sin saber que decía, pero por lo divertida que ella estaba podemos deducir que eran incoherencias.
Después de un largo tiempo, ¿o no? Ella se le acercó de frentón y robó su bufanda, quizás el frío que le azotó de golpe en el cuello hizo que el reaccionara, o el roce de sus manos, o ver su rostro tan cerca, lo cierto es (que además de ser una noche nebulosa) él al fin pudo escucharla.
- No pongas esa cara, a ti no te molesta y yo tengo frío, tu has sido el desafortunado a quién he robado la bufanda hoy, pero te daré oportunidad de recuperarla - su voz era simplemente hermosa, profunda, sensual, le llegaba mas hondo que cualquier otro sonido- apuesta por mí mañana, si gano te devuelvo la bufanda y tú invitas las cervezas.
- Ok ok – aún no tenía completo control de su mente por lo que no pensó en qué cobrarle si ella perdía, pero podía escuchar y hablar, y eso era realmente satisfactorio.
- Perfecto, trato hecho rubiecito – Sacó un labial rojo de su bolsillo, el cual nunca usaba en sus labios, y moviendo suavemente la cabeza de Dennis, dibujo en su ahora descubierto cuello un beso – En el caso hipotético de que yo perdiera, me lo cobras ¿ok?
Ya casi al amanecer se retiró a su departamento, a donde esta vez él no la seguiría. Al llegar abrió el refrigerador y tomó una cerveza importada Kunstmann, tal y como lo hacía cada noche antes de dormir, la bebió rabiosamente, arrojando el recipiente vacío junto al cementerio de botellas que algún día se dispondría a levantar. Tal y como lo hacía cada noche, también, Dennis buscaba un refugio desesperado, ahora dormiría más sonriente que de costumbre, pensando en cómo conseguir dinero para la apuesta (pues se había gastado todo en cerveza), quizás se la pediría a Tristón, aunque seguramente ese niñito habría gastado lo que tuviera en caramelos, qué se le va a hacer, así son los niños, Dennis lanzó una risita y después de un suspiro y cayó dormido en una vieja y oscura, por lo tanto segura, casa abandonada.
¿Enamorado? La idea había circundado su cabeza mientras él trataba insistentemente de erradicarla, pero al fin no le quedaba más que reconocerlo. Él el alma de los carnavales estaba enamorado. El depredador se rendía ante la presa. Sin embargo, no era un sentimiento tan fácil de etiquetar, se mezclaba con la admiración y con algo de recelo, quizás angustia, si bien la deseaba con toda su fuerza, se sentía incapaz de matarla para darle la inmortalidad pues en ese entonces ella perdería eso que la hacía tan especial, aquella pasión por lo efímero de la vida que hacia tanto tiempo le había sido negado al vampiro. Comenzaba a sentir vagamente las heridas de su amigo. Estaba tan enamorado que volvía a sentirse humano.

La noche siguiente, antes de dirigirse a las carreras Dennis volvió a la casa, sonriendo más que nunca, con la alegría más artificial que le hubiese exhibido alguna vez. Tristán y Margarita se encontraban descansando, ya que habían cazado la noche anterior no necesitaban volver a salir. Las cosas entre ellos iban bien, se acompañaban en silencio casi todo el tiempo, aunque a veces Tristán trataba de iniciar una conversación orientada hacia la presunta información que pudiese tener Margarita acerca de la Ilusionista, sin obtener nada de provecho; También habían aprendido recientemente a usar el televisor (vamos, que no son los más espabilados) y la muchacha solía pasar horas pegada a la pantalla viendo al ratón Mickey y los demás amigos de sonrisas cínicas, ¡vamos! ¿Por qué no? Mientras Tristán miraba la nieve caer. Así los descubrió Dennis cuando entró
-Hola, David- Saludó Margarita
-Dennis… mi nombre es Dennis
-Ah
Tristán contempló por unos instantes a su amigo y sin saludarlo siquiera, le preguntó
-¿Tienes hambre?
-Si
-Yo también, vamos a cazar
-Es una opción, yo había pensado en saciarme con cerveza, pero no le puedes decir que no a un niñito ¿verdad Tristón?
El aludido ignoró la broma, con inusitada solemnidad. Salieron rápidamente y caminaron sobre la nieve a grandes zancadas, algo no tan dificultoso para los vampiros, sin sentir la peligrosa tormenta que estaba pronta a dejarse caer. Ambos estaban conscientes de que no cazarían nada en esa noche, lo sabían de antemano. Sin detenerse, Tristán fue el primero en hablar.
-¿Qué te sucede?
-¿De qué hablas?
-Estás tan normal que es alarmante. Dispara ya
Dennis sonrió, pero con la escarcha que cubría sus pestañas era imposible ver que la sonrisa no se hacía extensiva a los ojos cuando respondió
- Estoy enamorado
-Vaya… ese fue un disparo rápido. De los años que nos conocemos nunca me habías contado algo así
-Nunca antes me había enamorado, además, esos temas me aburren. –Suspiró algo preocupado pero complacido - Pensaba que era simplemente imposible para nuestra especie
-…
-¿No me preguntas de quién? Es humana, corredora de autos. No sé su nombre, solo sé que es una sílfide latina de actitud ruda con mirada inteligente y sonrisa juguetona
Tristán se detuvo antes de responder la primera idea en su cabeza: “Te enamoraste de tu cena?”, pero nunca lo había visto tan afectado y se detuvo por respeto a esa nueva faceta de Dennis que se le presentaba, aquél rostro bajo la máscara. Algo en lo profundo de su alma se estremeció al pensarlo
-No, no estoy encaprichado con mi comida- dijo Dennis adivinando los pensamientos de su amigo-Es más bien que estoy prendado de la vida, de lo efímero de la vida… Llevamos tanto tiempo mirando las cosas cambiar, sin sentirlo realmente, sin sufrir cambio alguno ¿No extrañas esa emoción? Estar expectante a lo que vendrá, al borde de los límites arriesgando algo real, aprovechando el tiempo porque la vida se va y no volverá ¿Entiendes?
Tristán no respondió, aunque los dos sabían la respuesta. Rato después retomó la palabra tratando de parecer natural, pese a la amargura en su voz
-¿Y qué harás?
-Apostar…
-¿Apostar?
-Tienes dinero ¿no? Podemos empeñar tu reloj jaja
-Amm…-Tristán guardó silencio, como dudando de sus palabras - Me voy
-¿Eh?... lo siento, no sabía que tenías tanto cariño a ese viejo reloj
-No es eso, gaznápiro- replicó cansado, pero luego retomó su actitud contemplativa- Lo he meditado largamente. Yo también estoy enamorado, lo sabes. Llevo demasiado tiempo esperando y será una larga búsqueda- hablaba lentamente, esperando que cada sonido fuera bien paladeado y comprendido-… Además si amas a una humana, querrás protegerla de otros vampiros y eso me incluye
-Ok, no intentes nada estúpido
-Lo intentaré
Los vampiros se miraron incómodos. No existe manual que te enseñe a despedirte de un amigo, siempre resulta embarazoso y doloroso. Nunca se encuentran las palabras que representen cabalmente aquello que se quiere decir, algo que sea realmente genuino, por eso a veces lo mejor es no decir nada o decir cosas sin importancia que prolonguen como un chicle los momentos de estar con quien tal vez nunca más vuelvas a ver
-¿Y Margarita? ¿Quién se la quedará?
-Te dificultará en tu viaje, déjamela a mí
-Bien. Despídeme de ella, no quiero volver
-Lo haré. Ahora vete o se te acortará demasiado la noche. Que tengas suerte con tu ilusionista
-También tú
¿Y cómo articular una despedida después de ciento veinticinco años? Mucho habían pensado en que sucedería algún día, pero nunca se prepararon para ello. Les parecía casi inverosímil y no alcanzaban a apreciar cuánto cambiarían sus rumbos a partir de entonces.
-Adiós, niñito
-Adiós
Tristán se dio la vuelta y avanzó en la nieve. Dennis hizo lo mismo por su lado.

Capítulo2: Dennis, máscaras de un carnaval eterno

Si la juventud, la lozanía y las falsas apariencias tuviesen una cara, ésa sería la de Dennis. Con su rostro redondo coronado por ligeros flequillos rubios, sus labios delgados siempre sonriendo como el gato de Cheshire y sus grandes ojos castaños capaces de pasar en un segundo de la inocencia a la travesura; Siempre fresco, siempre contento como una careta con su sonrisa petrificada en la flor de la existencia. Atlético y elástico, joven, hermoso… nadie se imaginaría que aquel encantador mozo fuera en realidad una antigua y certera criatura de la oscuridad. Pues sí, como supones, Dennis era también un vampiro, y uno de los mejores en su especie.
Todo había comenzado en un lejano día de carnestolendas, por aquellos tiempos oscuros que se pierden en las brumas de la leyenda, cuando las personas mendigaban algunos días de libertad a la Santa Iglesia para desatar en un carnaval sus deseos más mundanos. Dennis tenía veinte años y una alegría a flor de piel que encantaba a quien le conociera, nada más, o si poseía alguna otra cosa, con el tiempo la olvidó, pues para él la vida de verdad comenzó aquel martes de carnaval.
El sol acababa de ponerse sobre la ciudad y la multitud de personas que se encontraba celebrando y encendiendo antorchas para continuar la fiesta, los músicos animaban la jornada con alegres cantos al son de los cuales la gente danzaba liberando toda la endorfina reprimida en un año de mesura. En cada callejuela, en cada voz distorsionada por efectos de la cerveza, en cada pequeño espacio se percibía el júbilo desenfrenado y la exaltación de los instintos originales del ser humano. Dennis, contra lo usual, estaba consternado, sin poder participar de la juerga. Como cada año había llegado a la ciudad con el objetivo de disipar en una noche los ahorros de meses de trabajo, pero esta vez sería diferente por un encuentro fortuito que cambiaria su vida.
Lo vio en una callejuela sin salida, vestía completamente de negro y un antifaz del mismo color cubría parte de su rostro. Dennis lo supo de inmediato, no era la primera vez que se encontraba con aquellos ojos ambarinos y esa barbilla delicada, lo raro residía en que su aspecto seguía exactamente igual aunque habían pasado quince años desde la vez en que lo descubriera, también en la oscuridad rítmica de una noche de carnaval, con el cuerpo exangüe de una mujer con el cuello destrozado, y ahora, ahora lo comprendía todo.
Fue todo tan momentáneo, la visión que pasó como una estrella fugaz ante sus ojos dejándole el regusto de la certeza para perderse sutilmente, del mismo modo en que había aparecido, entre la muchedumbre exaltada. Dennis lo siguió abriéndose paso entre los gozosos bailarines, el corazón golpeándole el pecho, la ansiedad reservada para los que han vislumbrado el rostro de sus destinos. Se vio enredado en la danza de unas doncellas alegres con flores en los cabellos, las alejó de sí sin mirarlas, ahogado en aquella tormenta de máscaras quiméricas con facciones eternamente grotescas, maldiciendo por lo bajo al bufón de los cascabeles y el tipo con la careta de pájaro que discutían ¿o bebían juntos? Impidiéndole ver más allá entre las estrafalarias criaturas que habiéndose arrancado de las temerosas divagaciones de sus amos poseían los cuerpos de éstos y los obligaban a hacer lo que en otras circunstancias ni siquiera hubiesen aventurado a imaginar. El siseo de una capa al viento captó la atención de Dennis, siguiendo la negra silueta vaporosa, ya casi al alcance de su mano. Un gabán parduzco se le atravesó blandiendo una guadaña, algún tipo con macabro sentido del humor pretendía emular a la Muerte con su disfraz en aquella noche de jolgorio e invitaba a Dennis a compartir su danza loca, pero él lo empujó de un golpe, sin quitar los ojos de las anchas espaldas que ya se alejaban y la estela flotante de su capa. El joven se acercó a grandes zancadas, enfocando todo el fragor de sus años en aquella persecución misteriosa, él ya estaba cerca, lo tenía al alcance de la mano, no dejaría que la marea estúpida de los corrientes volviera a alejarlo de su objetivo, tan cerca, tan cerca, que el tiempo en una mala broma parecía dilatarse en el momento en que su mano se extendía, se posaba suave y segura sobre el hombro cubierto de fino algodón negro.

-Conviérteme
Susurró Dennis. Nunca su rostro de muchacho había exhibido tal solemnidad y convicción, tanto que ni siquiera se inmutó cuando se encontró por tercera vez con la mirada ámbar
-Conviérteme
Repitió un poco más fuerte, desasosegado por el gélido fuego con que era observado. Entonces el desconocido se iluminó con un sentimiento que podría haber sido agrado o lástima, pero que de todos modos se manifestaba con una ligera sonrisa.
-Ven conmigo

Fueron a un pequeño establo vacío rodeado de añosos árboles cuyas ramas enmarañadas no dejaban pasar la luz del sol a ninguna hora del día. Allí se sentaron entre el heno húmedo y podrido a conversar en torno a una pequeña antorcha antes de que el hombre vestido de negro efectuara su fatídica función
-¿Sabes lo que soy?
-¿Un vampiro?
-Bien
-Conviérteme
-No tengo hambre
-Por favor…
El vampiro le dio una larga mirada, profunda y sabia, pero en el fondo tan voraz como cuando se disponía a cazar
-Eres joven y apuesto ¿Por qué diablos quieres ser uno de nosotros?
-¿Me vas a convertir o no? Si no quieres me voy, ya encontraré a otro con más cojones…
-Espera
Dijo el vampiro sujetando su brazo para detenerlo. Dennis sintió cada tramo de su piel erizarse al frío tacto, pero no hizo ademán de retirarlo
-Vida eterna
Respondió el joven en tono forzado, el vampiro rió suavemente y no volvió a hablar esa noche. Arremangó la manga del jubón de Dennis hasta el codo y lo olió placenteramente, tomándose su tiempo en el deguste del canto divino del pulso sanguíneo bajo la piel, su cuerpo condenado a la sed eterna comenzaba a reaccionar en el roce de sus labios contra la muñeca palpitante del joven impasible hasta que ya no supo controlar más el instinto de su naturaleza.
La mordida fue rápida, Dennis dio un pequeño quejido de dolor y continuó observando impávido al vampiro beber la sangre que fluía en vigoroso caudal desde su propia mano hasta la garganta cubierta por la capa negra. Poco a poco la niebla se fue apoderando de sus ojos, hasta que estos se cerraron sin más. Dennis cayó con la delicadeza de un lirio y como tal fue acunado entre el forraje por su propio asesino.

Cuando Dennis se despertó, sintió súbitamente un vendaval de nuevas sensaciones físicas y emocionales que no sería fácil describir, por la complejidad con que se enredaban y mezclaban entre sí como los jirones de colores que se aprecian al observar a la luz un prisma de cristal.
-Bienvenido –dijo el vampiro que había estado velando su sueño- Ya eres un vampiro
-Gracias
-No es algo que se deba agradecer. Vamos, está anocheciendo y seguro tienes hambre
-Si
Salieron del establo y se encontraron frente al ocaso de la fiesta. Los siete pecados capitales y algunos otros improvisados en la noche anterior ofrecían a los escasos espectadores sobrios todo su esplendor; ladrones saqueaban las alforjas de aquellos que dormían la inconsciencia del alcohol, cuerpos semidesnudos entrelazados en las calles, mareas de vómito y otros fluidos atestaban con su hedor las ya de por sí apestosas calles y las máscaras se amontonaban en el lodo con sus sonrisas eternas burlándose de la degradante fragilidad humana. Pero Dennis no se sentía afectado, pues sentía en su interior arder el más intenso fulgor de la vida.
Junto al vampiro de los ojos color ámbar llegó hasta una de las salidas de la ciudad.
-Hasta aquí te dejo, muchacho
-Mi nombre es…
-No quiero saberlo. Nos despediremos y nunca más nos volveremos a ver
-¿No me darás ninguna lección previa? ¿Algo que debiera saber?
-No
El vampiro rió, el muchacho ciertamente tenía la simpatía a flor de piel
-Buenos, entonces adiós
-Adiós
Fue el vampiro mayor el que vio con nostalgia la espalda del muchacho. Dennis dio la vuelta y echó a andar sin volver la vista atrás, con la mente fija en el futuro y las nuevas sapiencias que debería aprehender con la misma avidez que tomaría la sangre de sus víctimas. Sonreía, porque ya era un vampiro y no habría vuelta atrás.

Aprender lo que fuera y nunca mirar atrás. Esa fue la filosofía de vida que llevó Dennis por las décadas y los siglos posteriores a su transformación. Inmortalizado en el esplendor de la juventud nunca le faltó la buena y efímera compañía en sus noches errantes, noches que para él siempre serían de carnaval. Recorrió los caminos solitarios sin seguir otro rumbo que el capricho de sus piernas incansables, refugiándose en los días, alimentándose por las noches en posadas y burdeles, eventualmente de los bondadosos carreteros que le ofrecían aventón o de residentes de casas de bien. Nunca su rostro apolíneo mostró la menor seña de dolor o culpa, pero detrás de aquella bella máscara… nadie sabría lo que se podría ocultar.
Transitó por los siglos como un feliz vagabundo. Conoció innumerables reinos, luego se embarcó como polizonte hacia tierras inexploradas y tras conocer el nuevo continente como la palma de su mano dejando detrás de sí la estela de su leyenda junto a otros vampiros como él, regresó a la vieja Europa, entusiasmado por los nuevos fulgores que iluminaban a París y, obviamente, el renacer del mítico carnaval de Venecia, vistió levitas y pelucas para brillar en los salones y beberse la sangre de una sociedad ebria de ostentación. En el siglo siguiente el mundo comenzaba a remecerse por una serie de cambios que crearon vórtices de acción en diferentes zonas, a donde Dennis llegaba extasiado para sentir en su pecho la pasión que embargaba los corazones de aquellos que se jugaban la vida en un ideal que él saborearía y luego dejaría para continuar su camino infinito en busca de otra ilusión que le entusiasmara por un tiempo más ¿Se sentía bien así? No me lo pregunten a mí.
Una noche las cosas cambiaron. Era una madrugada de otoño de 1875 y Dennis vagaba solo por una calle vacía en busca de un lugar donde refugiarse ante la salida del sol, entonces vio a un hombre sentado en la acera. Supo inmediatamente que era un vampiro, por un “algo” en su presencia, o tal vez por el cuerpo desangrado de la mujer que yacía a sus pies, y se quedó mirándolo con curiosidad.
Tristán no percibió la presencia de su observador, demasiado absorto en las tormentas internas que seguían agobiándolo. Habían pasado décadas desde la noche en que despertó convertido en un vampiro, pero seguía sintiendo la misma tristeza desgarradora de entonces, que se manifestaba al exterior como el halo taciturno que había llamado la atención de Dennis.
Cada noche se levantaba y mataba a alguien sin consideración, gozando con la sangre derramada, roja y maravillosa sobre la palidez sepulcral de su piel, con un afán desesperado por recuperar en aquellas venas latientes la vida que ya no encontraba en sí mismo, para luego arrepentirse y cerrar con afectación los ojos de la víctima. Cada noche, asimismo, se sentaba junto a la ventana esperando la luz del sol que benefactora lo librara de la condena de una inmortalidad involuntaria y se retiraba cuando veía los primeros rayos, en un instinto de supervivencia que después maldecía a gritos en su pequeño y oscuro refugio. Ésa era su angustiante rutina, pero ese día estaba dispuesto a ponerle fin sin oportunidad de flaquear, pues en la acera no tendría escapatoria.
En eso estaba Tristán, esperando penitente la luz purificadora que le diera el descanso, cuando sintió que alguien se sentaba a su lado. Parecía apenas un muchacho, pero sabía por alguna desconocida razón que en realidad era otro vampiro. Dennis vencía sus propias dudas para acercarse a un compañero afligido, pese al peligro del amanecer.
-Hola, ¿que tal?
Saludó nerviosamente Dennis, atisbando de reojo el horizonte. Solo recibió de respuesta una mirada sarcástica
-No se si sabes, pero el sol ya va a salir…
-Tal vez quiero ver un lindo amanecer
-No seria lindo si lo ves con esa cara de amargado que traes
Nuevamente recibió una fría mirada como respuesta.
-Vete, el sol esta por salir
Añadió Tristán
- ¿Por qué tanto empeño en morir?
-Porque ya morí
-¿muerto? todavía hay sangre en tus venas ¿no? tu corazón late de un modo distinto, niñito. Estás “no vivo”, pero tampoco muerto
-¡¿Niñito?!
-Estás amurrado. Sentándote ahí y esperando a que el sol acabe con tus problemas inexistentes… eso haría un niñito
Tristán miró a su interlocutor, parecía menor, pero en su voz había tanta fuerza y seguridad que, sintiéndose tal y como una criatura, quiso refugiarse en la lozanía del desconocido… aunque ya no confiaba en extraños.
-Ya, párate y ven.... niñito
El melancólico vampiro obedeció en silencio. La aurora avanzaba gris y amenazante alumbrando quedamente los tejados a su paso. Dennis recogió del suelo la sombrilla que la mujer muerta aun apretaba en su mano y la abrió a su espalda mientras apuraba el paso junto a su nuevo amigo.
-Ya me dirás por que tan amargadote... ¿una cerveza? Conozco un bar donde no entra la luz en todo el día…
-Prefiero el vino… cabernet sauvignon
-Como sea…
-¿Cómo te llamas?
-Ja, pensé que no lo preguntarías nunca. Dennis ¿y tú?
-Tristán
-Muy acorde: Tristón
-Tristán
-Tristón, el vampiro suicida… HAHAHAHA
Detrás del minúsculo escudo de seda se les venía encima la fatídica luz del día, pero ya no se preocupaban por eso, eran dos vampiros mirando hacia adelante y aunque solo veían sombras, se sintieron mejor.
No lo sabían en ese momento, pero aquel amanecer traía consigo el comienzo de una bizarra amistad.